domingo, 21 de octubre de 2018

Calabobos.


       Me mudé (temporalmente) a Toledo hace casi un mes, y jamás creí que experimentaría un choque cultural tan grande al mudarme a la tierra que (casi) me vio nacer. La primera en la frente: "Albacete no es Castilla-La Mancha". El tiempo es diferente. En Alicante, todavía iría en manga corta a la universidad, todavía me tiraría en el césped con mis amigas a hacer la fotosíntesis, todavía me asaría esperando al autobús a medio día, todavía dormiría con las sábanas de verano. Aquí en Toledo, las camisetas y pantalones de manga corta no han salido del armario, en el césped se puede estar, pero con la chaquetica puesta y, en vez de asarme esperando al autobús, me congelo. Lo primero que tuve que hacer cuando llegué fue poner las sábanas de invierno. La gente es diferente. Simpática, pero diferente. Aquí, todo el mundo es como mis tíos, y nadie te llama "reina" cuando vas al mercado. Aquí, la gente no te dice "mi familia también es de La Mancha", sino que te dicen "alguien de mi familia también emigró a la Comunidad Valenciana". 

      Me ha costado más de lo que pensaba aprender a organizarme las comidas y las tareas del hogar. Los primeros días, estaba tan obsesionada con que "mi cuarto estaba sucio" que si no lo limpiaba todos los días me subía por las paredes. Para cuando terminaba, tenía que hacerme la comida a toda prisa. ¡Y luego fregar! Y no tenía tiempo libre nada más que por las noches. En la última lavadora que puse no eché demasiado suavizante, y ahora parte de mi ropa es un poco áspera. Vivo con miedo a que a algo se le vayan los colores y toda mi ropa termine teñida de verde, o de negro, o del rosa fosforito de las sandías de mis calcetines favoritos.

      Mi mal de ojo se ha acentuado desde que vivo aquí. En estas dos semanas se me ha caducado la tarjeta de crédito, se me han acabado los datos usando google maps para no perderme, me he perdido, he perdido el móvil, he ido a un polígono en medio de la nada buscando un Mercadona para enterarme esa misma noche que hay uno al lado de casa, se me ha roto la persiana de la habitación, casi la lío echando la beca (y todavía sospecho que me llegará un correo de que algo está mal y me tocará subsanarla), casi me mato bajando la cuesta de mi casa con el suelo mojado, me estoy quedando sin medicación y he pillado un costipado que hizo que me tuviera que pasar la tarde del sábado tirada en el sofá esperando la hora de la cena para pegarme un ibufrenazo y dormir en paz. 

      Mi indepedencia y, sobre todo, mi confianza en mi independencia, se han acentuado desde que vivo aquí. He aprendido que soy capaz de cuidarme a mí misma y no morir en el intento (solo cansarme mucho). He aprendido que puedo organizarme las comidas de la semana, comprar, ir a clase, limpiar, socializar y arreglar imprevistos sin que nadie me ayude. He aprendido que, aunque esté en una rama un poco nueva, me entero de las cosas. He aprendido que puedo moverme sola por una ciudad, que puedo encontrar mi camino si me pierdo. He aprendido a no comprar cosas que pesen mucho en una sola tanda, que luego hay que llevarlas a casa y subirlas por las escaleras. He aprendido que puedo cuidar de mí misma cuando me encuentro mal. 

      Hoy, el ciclón Leslie ha hecho que llueva en Toledo. Cuando tenía 17 años, una de mis profesoras de literatura favoritas, que me conocía desde que iba a la guardería, nos enseñó la palabra "calabobos", una lluvia muy fina que cae en Galicia y que parece que no moja, pero sí, pero solo los gallegos lo saben, y los bobos, los forasteros, acaban calados. En Alicante, cuando llueve, siempre es torrencial (o barro). A veces, llega a un punto en el que la lluvia es tan gorda y tan espesa que, si extiendes la mano, desaparece tras una cortina de agua. Esta tarde, de camino a la facultad, ha caído una lluvia muy muy finita, que formaba una especie de bruma que hacía que lo que había a lo lejos se difuminara, que parecía que no mojaba, pero sí. 

      Me mudé (temporalmente) a Toledo hace casi un mes y todas mis amigas tenían razón: tengo ganas de ver a mis padres, pero no de volver a casa. Tres hurras por la independencia.

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