La primera vez que escuché The times are a-changing era adolescente
y estaba viendo mi primer episodio de Caso
Abierto (2003-2010). Pasaron algunos años y me olvidé de ella hasta que vi Watchmen (2009). Volvieron a pasar
algunos años y me olvidé de ella otra vez hasta que, ya empezada la carrera, vi
Inside Llewyn Davis (2013) y, de
repente, descubrí el folk.
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| If it was never new, and it never gets old, then it's a folk song. |
En
ese momento de mi vida, estaba pasando por una crisis musical que llevaba años
arrastrando. Siempre he tenido un poco de analfabetismo musical, y el único género
que más o menos controlaba era el rock. Pero cuando lo primordial en tu
disfrute musical es la letra, es la historia que te cuenta, y pierdes demasiada
audición como para escuchar la voz del cantante por encima de los instrumentos,
la música pierde su encanto, y te conviertes en un huérfano musical. Y, de
repente, una sala a oscuras, y Oscar Isaac hablándote de ser una paloma para
cruzar el río y encontrarse con la persona a la que ama. Una sala oscura, y Carey
Mulligan hablándote de estar lejos de tu hogar y no poder regresar. Y puedes
escuchar sus voces como si estuvieran a tu lado. Resulta que había un género
musical que aunaba todo aquello que necesitaba: las historias, y la música
acústica. Fue también en este periodo cuando descubrí los musicales y cuando,
por primera vez en mi vida, escuché una bandada de pájaros cantar.
El
año que descubrí el folk también fue el año que descubrí la literatura
medieval. Teníamos un profesor que, cada vez que estudiábamos un tipo de
narrativa medieval, nos contaba un cuento para ejemplarizar. Recuerdo una clase
en silencio mientras nos contaba Perceval
o el cuento del Grial, todos atentos al próximo giro del guión, a cómo todo
aquello conectaba con otros cuentos, con otras historias. Recuerdo pensar que se
parecía un poco a Indiana Jones y la
última cruzada que, casualmente, siempre ha sido mi película favorita de
Indiana Jones. Cuando llegaba a casa después de las clases de literatura
francesa, buscaba los cuentos que el profesor nos había contado y me los volvía
a leer. No me importaba saber cómo terminaban, me gustaba leerlos simplemente
por el puro placer de revisitar la historia, de encontrar qué era diferente
entre esa versión y la que nos había contado el profesor (¡siempre había detalles
que cambiaban!). Me recuerda a cuando mi padre y mis tíos se pelean por cómo
realmente contaba un cuento mi abuelo, y a cuando mi padre me contaba siempre
los mismos cuentos y yo flipaba igualmente cada vez. A cómo mi padre se inventó
un final original para un cuento de mi abuelo porque el real no me satisfacía.
A cómo mi hermano y yo intentábamos buscar el árbol de la palomica en los
pinares de los aledaños del pueblo.
Desde
hace un tiempo, Spotify está obsesionado con que si me gusta el folk tengo que
escuchar a Bob Dylan. Hay un pequeño problema: no me gusta demasiado Bob Dylan.
Me gustan las letras, pero no me apasionan sus interpretaciones. Por suerte, la
música folk es un género que pertenece al pueblo, y hay muchísimas versiones de
sus canciones que sí me gustan. Odetta tiene una genial de Blowin’ in the Wind, y Jason Mraz tiene una de A Hard Rain’s a Gonna Fall que creo que tiene el récord actual
de permanencia en mi mp3. En febrero de
este año, el programa de radio de música country que escucho hizo una versión
de Don’t Think Twice It’s Alright que he escuchado una cantidad
vergonzosa de veces.
El
folk es literatura popular hecha música, y tiene la misma magia que esta: nunca
se desgasta. Puedes escuchar una canción cientos de veces y siempre disfrutarás
de ella, porque estarás revisitando una historia y unos personajes que echas de
menos. Estarás pululando por la red y, donde menos te lo esperas, encontrarás
una versión que nunca había escuchado. Estarás buscando tu favorita y,
accidentalmente, encontrarás otra que tiene una letra completamente diferente y
que, sin embargo, te está contando la misma historia. Te enamorarás de una
interpretación de una balada que tú creías que no te gustaba nada. Terminarás
con infinitas variaciones de la misma canción porque cada una te dice algo
diferente.
La
música folk es el arte de contar historias, y las historias son un poco como el
amor: una de las fuerzas imparables que mueven el mundo, que nos pertenece a
todos. La música folk es mujeres cantando mientras hacen las tareas del hogar
desde tiempos inmemoriales, es mis abuelos contando historias mientras sacaban
las hebras del zafrán, es pasar
conocimientos y formas de ver el mundo de generación en generación no formal y
estructuradamente, sino a través de la expresión de nuestra propia creatividad.
La música folk es nuestra carta de amor a nuestra propia humanidad. Y el amor, como el arte, siempre ha de ser
libre.
Referencias.
Coen, Ethan & Cohen, Joel (2013). Inside Llewyn Davis. Studio Canal.
Wachowski, Lana & Wachowski, Lilly (2015). Death
Doesn’t Let You Say Goodbye. Sense8. Netflix.


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