domingo, 22 de abril de 2018

Bob Dylan, la música folk, y el arte que pertenece al pueblo.



La primera vez que escuché The times are a-changing era adolescente y estaba viendo mi primer episodio de Caso Abierto (2003-2010). Pasaron algunos años y me olvidé de ella hasta que vi Watchmen (2009). Volvieron a pasar algunos años y me olvidé de ella otra vez hasta que, ya empezada la carrera, vi Inside Llewyn Davis (2013) y, de repente, descubrí el folk. 

If it was never new, and it never gets old, then it's a folk song.
                En ese momento de mi vida, estaba pasando por una crisis musical que llevaba años arrastrando. Siempre he tenido un poco de analfabetismo musical, y el único género que más o menos controlaba era el rock. Pero cuando lo primordial en tu disfrute musical es la letra, es la historia que te cuenta, y pierdes demasiada audición como para escuchar la voz del cantante por encima de los instrumentos, la música pierde su encanto, y te conviertes en un huérfano musical. Y, de repente, una sala a oscuras, y Oscar Isaac hablándote de ser una paloma para cruzar el río y encontrarse con la persona a la que ama. Una sala oscura, y Carey Mulligan hablándote de estar lejos de tu hogar y no poder regresar. Y puedes escuchar sus voces como si estuvieran a tu lado. Resulta que había un género musical que aunaba todo aquello que necesitaba: las historias, y la música acústica. Fue también en este periodo cuando descubrí los musicales y cuando, por primera vez en mi vida, escuché una bandada de pájaros cantar. 

                El año que descubrí el folk también fue el año que descubrí la literatura medieval. Teníamos un profesor que, cada vez que estudiábamos un tipo de narrativa medieval, nos contaba un cuento para ejemplarizar. Recuerdo una clase en silencio mientras nos contaba Perceval o el cuento del Grial, todos atentos al próximo giro del guión, a cómo todo aquello conectaba con otros cuentos, con otras historias. Recuerdo pensar que se parecía un poco a Indiana Jones y la última cruzada que, casualmente, siempre ha sido mi película favorita de Indiana Jones. Cuando llegaba a casa después de las clases de literatura francesa, buscaba los cuentos que el profesor nos había contado y me los volvía a leer. No me importaba saber cómo terminaban, me gustaba leerlos simplemente por el puro placer de revisitar la historia, de encontrar qué era diferente entre esa versión y la que nos había contado el profesor (¡siempre había detalles que cambiaban!). Me recuerda a cuando mi padre y mis tíos se pelean por cómo realmente contaba un cuento mi abuelo, y a cuando mi padre me contaba siempre los mismos cuentos y yo flipaba igualmente cada vez. A cómo mi padre se inventó un final original para un cuento de mi abuelo porque el real no me satisfacía. A cómo mi hermano y yo intentábamos buscar el árbol de la palomica en los pinares de los aledaños del pueblo. 


                Desde hace un tiempo, Spotify está obsesionado con que si me gusta el folk tengo que escuchar a Bob Dylan. Hay un pequeño problema: no me gusta demasiado Bob Dylan. Me gustan las letras, pero no me apasionan sus interpretaciones. Por suerte, la música folk es un género que pertenece al pueblo, y hay muchísimas versiones de sus canciones que sí me gustan. Odetta tiene una genial de Blowin’ in the Wind, y Jason Mraz tiene una de A Hard Rain’s a Gonna Fall que creo que tiene el récord actual de permanencia en mi mp3.  En febrero de este año, el programa de radio de música country que escucho hizo una versión de Don’t Think Twice It’s Alright que he escuchado una cantidad vergonzosa de veces.

                El folk es literatura popular hecha música, y tiene la misma magia que esta: nunca se desgasta. Puedes escuchar una canción cientos de veces y siempre disfrutarás de ella, porque estarás revisitando una historia y unos personajes que echas de menos. Estarás pululando por la red y, donde menos te lo esperas, encontrarás una versión que nunca había escuchado. Estarás buscando tu favorita y, accidentalmente, encontrarás otra que tiene una letra completamente diferente y que, sin embargo, te está contando la misma historia. Te enamorarás de una interpretación de una balada que tú creías que no te gustaba nada. Terminarás con infinitas variaciones de la misma canción porque cada una te dice algo diferente. 

                La música folk es el arte de contar historias, y las historias son un poco como el amor: una de las fuerzas imparables que mueven el mundo, que nos pertenece a todos. La música folk es mujeres cantando mientras hacen las tareas del hogar desde tiempos inmemoriales, es mis abuelos contando historias mientras sacaban las hebras del zafrán, es pasar conocimientos y formas de ver el mundo de generación en generación no formal y estructuradamente, sino a través de la expresión de nuestra propia creatividad. La música folk es nuestra carta de amor a nuestra propia humanidad. Y el amor, como el arte, siempre ha de ser libre.

Referencias.
Coen, Ethan & Cohen, Joel (2013). Inside Llewyn Davis. Studio Canal.
Wachowski, Lana & Wachowski, Lilly (2015). Death Doesn’t Let You Say Goodbye. Sense8. Netflix.





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