viernes, 11 de agosto de 2017

Los spoilers, la narrativa y la sorpresa.

Últimamente están saliendo críticas a la gente a la que no le gustan los spoilers, diciendo que entienden la ficción de manera errónea, dando más valor al shock que a la narrativa. Sin embargo, estas dos conceptualizaciones de la ficción no son incompatibles ni se niegan la una a la otra, sino que coexisten tanto como forma de crear historias como como forma de entenderlas. Pondré ejemplos de cada una para que sea más fácil de explicar y de entender.

Caso 1: se valora la narrativa sobre el impacto: Morte D'Arthur (Sir Thomas Malory, 1485) Me and Earl and the Dying Girl (Alfonso Gomez-Rejon, 2015).

Cuando lees este pedazo de tocho o ves esta película (sobre la que tengo sentimientos encontrados), sabes cómo van a terminar incluso antes de enfrentarte a la historia que cuentan. Y lo que prima no es, en este caso, la muerte de los personajes, sino las historias que nos conducen a ellas. Cómo lidian con lo que va a pasar, qué aprenden, qué ganan, qué pierden. 

Todos hemos leído, escuchado, o visto historias relacionadas con el Rey Arturo, mitad historia, mitad leyenda; el pilar sobre el que se sustenta gran parte de la narrativa medieval inglesa. Camelot, los caballeros de la mesa redonda, una paz que parece mágica. Morte D'Arthur, por tanto, se centra en una incógnita fundamental a esta ecuación: ¿qué pasará cuando muera Arturo? Esta recopilación de Malory cuenta infinidad de historias sobre los años de gloria de la corte del Rey Arturo y cierra con el ocaso de esta era dorada: su muerte. Pero lo importante no es que Arturo muera al final, sino las consecuencias que su fallecimiento tiene. Todo lo que Inglaterra era bajo su reino era así por él, de manera que, tras su muerte, la sociedad se desmorona: Camelot desaparece, los caballeros de la mesa redonda se difuminan por el mundo, Inglaterra queda sumergida en la guerra y en el caos. 

En el caso de Me and Earl and the Dying Girl, que también es un bildungsroman, vemos como el protagonista se enfrenta por primera vez a la muerte. Pero la película no gira en torno a esta, sino en torno a la amistad. La película enseña, o intenta enseñar, a ver más allá de la enfermedad y del dolor y a disfrutar de los momentos de felicidad, pero también a estar ahí cuando la gente a la que queremos está sufriendo. Lo que importa no es que Rachel muera al final, sino todo lo que pasa entre medias.  

Salvando las distancias, ambos textos tratan un mismo tema que no es la muerte en sí misma, sino las consecuencias que una muerte tiene a mayor o menor escala. No se valora el hecho de morir de la manera que sea, sino que se prima la narrativa, el qué hay más allá de la muerte, el legado que dejamos en este mundo.

Caso 2: Se valora el impacto sobre la narrativa: The Final Problem  (Arthur Conan Doyle, 1893) y Grey’s Anatomy (Shonda Rhimes, 2005-). Alerta: Spoilers.

Ahora todo el mundo sabe cómo termina The Final Problem, pero imaginaos que nunca lo habéis leído. Que no tenéis ni idea de cómo termina. Imaginaos que vivís en la Inglaterra del siglo XIX, que adoráis a Sherlock Holmes. Que se acaba de publicar y no podéis esperar a comprarlo o que os lo presten y leerlo. Ahora, imaginaos que alguien os cuenta el final. Escuece, ¿verdad? ¿Y por qué nos escuece esto pero no nos escuece saber que Arturo muere? Porque son dos formas diferentes de contar una historia. Mi argumento no es que en este tipo de historias no se dé valor a la narrativa, sino que el valor de la narrativa está al servicio del impacto, de ese momento en el que lees unas líneas y se te corta la respiración. Lo que diferencia estos dos tipos de historia y estas dos formas de contar algo es el corte que se hace en la narración. 

The Final Problem termina (alerta spoiler) con la muerte de Sherlock Holmes. Se cae por una cascada y el cuerpo desaparece para siempre. Sí, vale, a Conan Doyle lo acosaron tanto los fans que tuvo que resucitar a Sherlock, pero imaginaos que llegáis a las últimas líneas del relato y os dais cuenta de que todo termina ahí. Lo mismo pasa con Anatomía de Grey. Las muertes de los personajes siempre suceden al final de un episodio, que es cuando se genera la máxima tensión en las series. 

En este segundo tipo de historias, la muerte de los protagonistas es el clímax de la historia, no un suceso que desencadena las consecuencias en las que se centra la narración, como es el caso de Morte D'Arthur; o algo que sucede al final sin poder evitarlo pero que tiene menos importancia que todo lo que ha pasado antes, como es el caso de Me and Earl and the Dying Girl.       

En resumen, que la gente se queja de los spoilers con motivo. Incluso a mí, que doy mucha importancia a la manera en la que están contadas las cosas por muy impactantes que sean, me fastidian. Si algo está contado de manera mediocre y el único valor que tiene es el shock, me enfada que me quiten lo único bueno que tenía eso. Por ejemplo, alerta spoilers de Juego de Tronos y de Anatomía de Grey: la muerte de Oberyn me parece absurda y el único valor que tiene es el impacto y me hubiera fastidiado infinito que me la espoilearan, pero la muerte de Derek me gustó muchísimo aunque ya sabía que moría desde hacía meses porque ese capítulo está maravillosamente escrito. A veces importa lo que pasa, y a veces importa cómo te lo cuenten. 

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