domingo, 25 de marzo de 2018

Los work in progress y la intimidad.


           El otro día, mi amiga Nai compartió un meme en twitter sobre como a la gente suelen gustarle más los bocetos y las fotos del progreso que el resultado final. Confieso que soy culpable de esto. También me gusta más cuando alguien canta muy bien mientras hace sus quehaceres que cuando lo hace en un ambiente profesional, y prefiero las fotos de mis escritores favoritos en las que salen haciendo cosas cotidianas que sus retratos formales.

            
        Siempre que pienso en Ernest Hemingway me lo imagino sentado en un barco herrumbroso, despeinado, mirando a cámara con cara de “joder, macho, llevamos todo el día pescando y no hemos cogido ni una mísera sardina”. La literatura de Hemingway es marcadamente autobiográfica. Lees sus libros y lo ves perfectamente: carismático, cascarrabias, violento y tierno. Temerario. Idealista. Hemingway se llevó a su mujer y a su hijo a París, pero se pasaba todo el día en un piso sin amueblar bebiendo whisky y escribiendo. A Hemingway le gustaba España por los toros y la fiesta, pero cuando estalló la Guerra Civil se vino a luchar por la República. Si buscas una imagen que lo defina, imagínate no al tipo formal de las contraportadas, al tipo de las fotos de las editoriales, sino a un señor tirado en el suelo al lado de un toro, con sonrisa de gañán. A un americano loco corriendo delante de un toro, probablemente en estado de embriaguez. Hemingway no es uno de mis escritores favoritos solo porque me encante lo que escribe, sino también porque me fascina como persona. Sus fotos formales no dicen nada sobre él, las demás te dicen que es alguien de quien podrías fiarte si viajaras al pasado.


                       
           Al contrario que Ernest, Jack Kerouac no es uno de mis escritores favoritos como escritor, pero sí como persona. No recuerdo especialmente el argumento de En el camino, pero recuerdo el sentimiento físico y emocional que me dejó el libro, el cansancio de intentar huir de la angustia existencial que te persigue como una sombra. El argumento real no es algo con lo que realmente empatice, pero tiene un elemento fundamental que ejerce una atracción magnética sobre el lector: es autobiográfico. Y, al fin y al cabo, es un libro sobre el ennui. No he vuelto a leerlo, pero me impulsó a leer otra obra que llevo seis años revisitando a intervalos irregulares y sin ningún orden específico: las cartas que se escribía con Allen Ginsberg. La lucha por hacer algo con nuestras vidas, por quitarnos de encima el sentimiento de que no somos nadie, de que no tendremos un impacto en el mundo, de que somos un fracaso, una mentira, de que nada vale la pena y de que, joder, a pesar de eso, nos enfureceremos ante la muerte de la luz. Abres el libro, lees sus cartas, y sientes que su fantasma te habla desde la tumba, a través del Atlántico. 


             
          Hace un mes, la biblioteca de Harvard digitalizó los álbumes de fotos de Virginia Woolf. No se lo digáis a mis profesores, pero no me gusta Virginia Woolf. No me dice absolutamente nada. No te preocupes, Virginia, no eres tú, soy yo. Pero también soy alguien que intenta acercarse al lado humano de los escritores y a quien le encanta la historia porque, fundamentalmente, es un relato de las vidas de gente de carne y hueso que, hace muchos años, existió en el mundo tal y como tú existes ahora. Virginia Woolf, en 1947, le hizo una foto a su gata Sappho, la reveló, y la añadió a su álbum de fotos. Virginia Woolf se paseaba por su facultad y comía magdalenas mojadas en café. Y escribió un libro sobre un cocker spaniel llamado Flush. Antes de ver estas fotografías no tenía una opinión sobre ella más allá de “no me termina de gustar lo que escribe”. Ahora es alguien con quien tengo aficiones en común, alguien que creo que me hubiera caído bien.


             El motivo por el que los work in progress nos atraen es porque nos dejan ver algo que el producto final oculta: la intimidad del autor, su identidad. Los diferentes estadios que ha atravesado su obra, qué ha descartado, qué ha modificado, qué ha conservado. Quién se esconde tras ella. El arte es, fundamentalmente, una forma que los humanos tenemos de contarnos historias, de decirnos, a través del espacio y del tiempo, que no estamos solos. Una forma de dar a conocer lo que llevamos dentro a través de la expresión simbólica. Y no hay nada más cercano a atisbar lo que se esconde detrás del velo, a vislumbrar tenuemente el alma de otra persona, que asomarnos a su proceso creativo.



Bibliografía.
            Ernest Hemingway sitting on a dock next to his boat, Pilar, c. 1930s. Ernest Hemingway Collection. John F. Kennedy Presidential Library and Museum, Boston.
             Greenough, Sarah. Beat Memories: The Photographs of Allen Ginsberg.
              Woolf, Virginia. Virginia Woolf Monk's House photograph album, MH-4, 1890-1947. Houghton Library, Harvard Library, Harvard University, Cambridge, Mass.